El día que Chávez habló con Dios

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El día que Chávez habló con Dios

La muerte de Hugo Chávez generó momentos singulares en los días previos y postreros. El propio ex mandatario descubrió su lado más humano an...
Comentarios julio 10, 2013
El día que Chávez habló con Dios




La muerte de Hugo Chávez generó momentos singulares en los días previos y postreros. El propio ex mandatario descubrió su lado más humano ante la cercanía del fin.




La muerte —de quien sea, y por muy en­ferma que esa persona haya estado— siempre me deja sin palabras. Si quien murió es un fi­gura pública, mi reacción, como la de millones de personas, es la de encender la tele y reco­rrerla a golpes de control remoto, de un canal de noticias al otro; de un noticiero al de al lado; de un flash informativo a un ciclo con invita­dos que hablan de lo ocurrido.



Podría decir que es un peregrinaje televi­sivo en busca de información. Pero creo que, al menos en mi caso, ese zapping frenético es mucho más: es el deseo de que las palabras ajenas me saquen del estado de estupor que me genera la realidad de una muerte. Eso hice, a partir del momento en que se conoció el fa­llecimiento del presidente venezolano Hugo Chávez.

 

Numerosas imágenes de Chávez, testimo­nios, repasos de su carrera pública, móviles desde Venezuela y desde la embajada en Bue­nos Aires, segmentos de discursos y entrevis­tas… Todo eso y más se vio en la tele a propó­sito de lo que fue la noticia del día. Entre tanto material, hubo un breve fragmento de una alo­cución de Chávez que me impactó sobremane­ra, tanto como en abril de 2012, cuando el líder venezolano pronunció aquellas palabras y la tele las puso al aire. Recuerdo bien que enton­ces, el eco de sus dichos machacó mi memoria durante varios días.

 

Ese material de archivo volvió a golpearme como si nunca antes lo hubiera visto ni oído. Me refiero al discurso de Chávez durante una misa celebrada en su ciudad natal, Barinas. En rigor de verdad, no fue un discurso, sino un ruego.

 

El ruego urgente de un hombre enfrentado a la finitud, ya no como un concepto filosófi­co en el que evitamos pensar, sino como una posibilidad concreta. Fue la plegaria de un hombre que quería seguir viviendo, como to­dos: los poderosos y los ciudadanos de a pie, los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos.

 

Por aquel entonces, según informaban los medios, Chávez estaba recibiendo radiotera­pia, tras haberse sometido, 39 días antes, a una segunda operación en su pelea contra el cán­cer. “Dame tu corona, Cristo —rogó Chávez en esa misa—. Dámela, que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida, porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria. No me lleves toda­vía, dame tu cruz, dame tus espinas, dame tu sable, que yo estoy dispuesto a llevarlas, pero con vida, Cristo mi Señor”.

 

Luego, agregó: “Y le digo a Dios, si lo que uno vivió y ha vivido no ha sido suficiente, sino que me faltaba esto, bienvenido, pero dame vida, aunque sea vida llameante, vida dolorosa, no importa”.

 

“Vida llameante, vida dolorosa, no impor­ta”, negociaba Chávez con Dios.

 

Me conmovió escucharlo. Sí, Hugo Chávez —poderoso, amado por unos y detestado por otros, conocido en el mundo entero, carismáti­co, verborrágico— le decía a Dios que aceptaba de buen grado el calvario de vivir con cáncer si ése era el precio para seguir en esta Tierra.

 

Más allá de las ideologías, la política o el poder, Hugo Chávez me pareció entonces la síntesis de la condición humana: queremos vi­vir, y vivir bien, rechazamos el dolor, las limi­taciones, las dificultades y, sin embargo, cuan­do adivinamos el riesgo del final, rogamos por un día más de vida sin condición alguna; agra­decemos incluso una “vida dolorosa”, “vida llameante”.

 

En el valor de la vida desnuda me dejó pensando aquella vez Hugo Chávez.

 

Y el archivo de la tele me llevó a la misma reflexión: la necesidad de bendecir la vida que tenemos hoy, como quiera que esa vida sea, y por el tiempo que se nos conceda.

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